martes, 9 de agosto de 2011


Al azar
el comodín
da peso a mis palabras.

Al azar
un puñal
hurga en mi interior

-Amputación deliberada-

A veces es como extirparse
decididamente el corazón,
y todavía espasmódico restregarlo
sobre el vacío de una hoja.

Cuando las palabras coagulan
nace la cicatriz perpetua.

La hoja de un puñal
ha penetrado en el costado,

la sangre que baña la mano que sostiene la daga
no es la mía, no es la de las palabras,

no se lo que es.

-La máquina-

Soy operario de esta cosa infernal.

Los engranajes malditos
gotean un turbio aceite
en el que resbalo.

En mi horario laboral
sofocado por el maquinal crujido
solo puedo fruncir el ceño
en silencio.
La piel

el sudor

la saliva

el aliento

SU PALABRA.

Eran mucho más reales
que en la vigilia.
-Desencuentro-

Las sombras del portalápices
y el cenicero
se mecen apacibles,
arrojadas allí por la cálida luz de la tarde,
que se filtra
por las persianas entre abiertas.

Aros y volutas se elevan despacio
sobre la pared, y el sol
comienza a descender
en el anaranjado horizonte
como si ocultara , allí a lo lejos,
un profundo secreto.

Más tarde,
cuando una débil lámpara
ilumina los papeles
las palabras bosquejadas
se tropiezan al final de las frases,

y la luna
que ha comenzado su ronda
es testigo de los giros que di
alrededor del escritorio
tratando de encontrar
aquello que apenas he escrito.

Permanezco inquieto,
y luego inmóvil,
me deslizo y me detengo,
por la ventana se ven fuera
todas las cosas.

Por la mañana la brisa
que enfriará los pensamientos,
y el sol, asomándose apenas
me llevarán, otra vez, a esperar
que llegue la noche,

para iluminar de nuevo
con una luz tenue
los papeles,
que esperarán vacíos a que yo
deje de dar vueltas
a su alrededor.
Otoño

Romper el silencio
pisando suavemente
las hojas secas
que se amontonan
en el camino.

O desvanecerse
junto con el viento
que las arrastra
tan lejos.